domingo, 10 de junio de 2012

La necesidad del reconocimiento


El hombre desde la antigüedad  tiene el deseo de reconocimiento y es uno de los motores que lo impulsa y le da vida. Platón señala que hay tres partes importantes en el ser humano: una parte que desea, que es lo que lo impulsa a conseguir cosas que requiere el hombre para su existencia, otra parte que razona, que nos indica la mejor forma de lograr aquello que deseamos y una tercera parte, creo que conocida, pero poco difundida, el reconocimiento, basada en la autoestima y el respeto hacia uno mismo, llamado también el sentimiento timótico (thymos).
Es un rasgo humano que  siempre ha existido en la humanidad, por el cual se han librado innumerables guerras, aduciéndose honra, prestigio, a través de la conquista de nuevos territorios y defensa de otros, así como revoluciones para conseguir derechos y  autonomía de hombres libres, como la revoluciones  inglesas, americanas y francesas, entre otras.

Estas ideas han sido actualizadas a finales del siglo XX por Francis Fukuyama en El fin de la Historia y el último hombre, donde establece que los seres humanos buscan reconocimiento  de su propia valía; todos creemos que tenemos cierta valía. El no ser tratados de acuerdo al valor estimable produce reacciones adversas como la ira y el enojo; en buena cuenta el no ser tomado en cuenta produce los mismos efectos. En teoría, pecando de no ser ingenuo, un gobierno que reconoce y toma en cuenta a sus ciudadanos ( es decir les atribuye un valor) para efectuar acciones políticas (políticas públicas), que los van a afectar ya sea en forma favorable o desfavorable, debería tener una mejor gobernabilidad; esto es una mejor sintonía con sus gobernados, y no tener conflictos sociales que degeneren en violencia.

Esta no es la situación que vive nuestro país; de acuerdo al Informe de Defensoría del Pueblo, al mes de Abril existen 171 conflictos activos y 73 en estado latente; de los activos el 72% corresponde a conflictos de carácter socio ambiental. Este es un fenómeno social recurrente que se viene realizando en los últimos años, tanto por la falta de comunicación por parte del Estado (no tomar en cuenta a los afectados) y la desconfianza permanente por parte de los pobladores. Existe un temor, con cierto fundamento, de la población a una posible contaminación de su hábitat  que podrían ocasionar las actividades extractivas, prueba fehaciente de ello es la Oroya y Cerro de Pasco
Durante muchos años los pueblos por lo general más olvidados y aislados del Perú no han sido tomados en cuenta, hoy existe la Ley de Consulta Previa que otorga a los pueblos indígenas u originarios del país el derecho a pronunciarse sobre eventuales proyectos de carácter extractivo en sus territorios, a fin que no vuelvan hechos censurables  como los ocurridos hace pocos años en  Bagua. Otro mecanismo importante de “tomar en cuenta a la gente” es la participación ciudadana, sobre la cual se ha dado una frondosa legislación, pero que al igual que otras leyes no solucionan los problemas ni efectivizan la participación de la ciudadanía en la toma de decisiones.

El Estado, con justa reacción trata de imponer el orden público, cuando éste es alterado, pero por lo general su accionar está más orientado a resolver los problemas que se generan  por la violencia de los conflictos y no a buscar las causas que los generan, razón por la cual se reproducen los mismos. Esperemos que parte de la solución de los conflictos sea el dialogo y el tomar en cuenta a la gente afectada (al margen de infiltrados que llevan agua para sus propios molinos), y por lo menos escuchar su opinión, darles a entender que son escuchados y no colocar a todos en un mismo saco de manera maniqueísta con un  “anti” o un “pro”; el ciudadano es lo suficientemente inteligente para saber que hay más de dos colores  en su  espectro. 

domingo, 8 de enero de 2012

Tolerancia Cero?

La tolerancia es una actitud de convivencia y armonía  entre los miembros de una comunidad;  el concepto se origina en el latín tolerare (“soportar”, “sostener”) y hace referencia al grado de aceptación respecto a un elemento contrario a una regla moral, civil o física. En otras palabras, la tolerancia es la actitud que una persona tiene respecto a aquello que es diferente de sus valores. Esta cualidad que debiera existir en una democracia, cada vez es más escasa en nuestro país y prueba de ello son las demostraciones tanto en las redes sociales como en los medios de comunicación de los últimos acontecimientos políticos  donde se expresan adjetivos descalificadores tratando de polarizar a la población entre los “buenos” y  los “malos”, alcanzándose  la intolerancia
La intolerancia proviene de la creencia de un grupo de personas es mejor que otras, ya sea por sus ideas políticas, su religión, el color de su piel, su acento al hablar u otra característica que creamos que nos sentimos superiores a dichas personas, por cuanto su opinión poco menos que importa; esta situación se da a diario en nuestra sociedad a pesar que el art 2 de la Constitución Política vigente explicita que “ Nadie debe ser discriminado por motivo de origen, raza, sexo, idioma, religión, opinión, condición económica o de cualquiera otra índole”.  De ahí que el Perú figure junto con El Salvador, Honduras y Haití, como los países con menor tolerancia política de Latinoamérica, de acuerdo al Informe  denominado “Perspectivas desde el Barómetro de las Américas: 2011” del Proyecto de Opinión Pública de América Latina (Lapop).
La tolerancia es consustancial con el dialogo y el debate,  lamentablemente no tenemos costumbre de debatir; en los colegios a diferencia de otros países no hay clubs de debate ni competencias que permitan conocer las diferencias de enfoques y puntos de vista alrededor de un tema en cuestión. Así mismo debemos tener en cuenta que el diálogo supone estar en un mismo nivel de igualdad. No se puede dialogar entre un superior y un inferior: entre quien posee la verdad y quien está sumido en el error. El diálogo es imposible si no se dan las condiciones de igualdad entre quienes dialogan.
La coexistencia en una sociedad como la nuestra que es pluricultural, multilingüe y con grandes asimetrías económicas es vital, de lo contrario nos podría llevar a una disociación de la misma, generando violencia, al sentirse sectores de la sociedad  marginados o descalificados por las razones arriba expuestas
Dentro de una visión democrática es necesario construir una cultura de tolerancia, la que debería iniciarse desde la niñez en los primeros grados de educación, de manera tal que haya un respeto y reconocimiento hacia la otra persona.  Si la democracia presupone el pluralismo de opiniones, preferencias y proyectos políticos, y además aporta un procedimiento institucionalizado y pacífico para dirimir esas diferencias en el marco de la igualdad de derechos ciudadanos, entonces la tolerancia tiene en la democracia su mejor hábitat. En efecto, ¿cómo concebir, por ejemplo, el diálogo, el pluralismo, la legalidad o la representación política sin tolerancia?
Por otro lado la descalificación implica la falta de reconocimiento; de acuerdo a Fukuyama , los hombres necesitan ser reconocidos y valorados en su dignidad porque es un deseo humano innato que está en relación con la valoración que el hombre tiene de sí mismo y de la valoración que los demás tienen sobre él, por ello busca la isotymia (reconocimiento al igual que los demás)
El ejercicio de la tolerancia permite reconocer al otro como un igual haciendo posible el entendimiento racional con el otro, así como  desarrolla el espíritu de unidad, facilita la cooperación y la interacción. Aumenta el grado de confianza entre los miembros de una organización por la mayor apertura de cada uno, fomenta el tejido social que tanto necesitamos y genera capital social.
Es importante que una sociedad política como la nuestra asuma en un proceso de concertación políticas que permitan una mayor convivencia dentro de la pluralidad que caracteriza nuestro país y no permita la polarización que se viene promoviendo, muchas veces por razones subalternas.